Los colonizadores de Estados Unidos de América

En el Londres de principios del siglo XVII imperaba el caos. La explosión demográfica había traído consigo pobreza, insalubridad y demás calamidades que aquejaban a las grandes urbes de la época. La falta de vivienda era uno de los problemas más grandes, no sólo en Londres sino en otras grandes ciudades del reino británico. Todo esto, aunado a la persecución que sufrían los puritanos –grupo religioso influenciado por los escritos de Juan Calvino– hicieron que un grupo de peregrinos emigrara a América del Norte en busca de un territorio donde pudieran encontrar un lugar para vivir, y profesar sus creencias religiosas con libertad.

El 6 de septiembre de 1620, 120 personas, adultos y niños, abordaron la histórica embarcación llamada Mayflower, que los traería a América. Al llegar a la costa atlántica de lo que hoy es los Estados Unidos de América, se establecieron en Cabo Cod, ya que no pudieron llegar a la desembocadura del Río Hudson que era el lugar que se les había asignado al salir de Plymouth, Inglaterra.

El 23 de diciembre, el grupo de colonos inició los trabajos de construcción de viviendas donde comenzarían su nueva vida. Ellos sabían que no sería fácil, puesto que iban a comenzar de la nada, pero con la ayuda de algunos indígenas de la región, quienes les enseñaron a reconocer y cultivar los productos agrícolas del continente, tuvieron éxito y en pocos años ya tenían un lugar al que orgullosamente llamaban hogar.


Los colonizadores de México

Con la caída de la Gran Tenochtitlán en 1521, la Corona española obtuvo el control de todo Mesoamérica. El vasto y rico territorio americano le daría la riqueza que tanto necesitaba el reino español. Una vez consumada la conquista, Carlos V, emperador del Sacro Imperio Romano y monarca del reino español, declaró a los territorios comquistados y a todos los indígenas que en él habitaban, vasallos de la Corona española.

Al ser designado Hernán Cortés gobernador de la Nueva España, se dio a la tarea de organizar el gobierno. Decidió dividir la tierra conquistada en encomiendas –porción de tierra otorgada a un encomendero. El encomendero era muy similar a un señor feudal, quien, además de las tierras, recibía un número determinado de indígenas provenientes de los pueblos que se unieron a Moctezuma Xocoyotzin en la defensa del imperio. Supuestamente se le encomendaban para que los cristianizara, pero en la práctica, esa acción servía tres escondidos propósitos: castigar a los indígenas por aliarse al emperador Moctezuma II; pagar lo prometido a los soldados y peones por ayudarlo a conquistar el Imperio Mexica, y proveer mano de obra gratuita a los encomenderos y por ende, a la corona.

A los indios que ayudaron a Cortés en la conquista, los tlaxcaltecas, no los esclavizó al principio. En esos pueblos, mantuvo la estructura de gobierno de los mexicas, señoríos regidos por tlatoanis, escogidos por el mismo Cortés para asegurarse de su obediencia, a quienes se les exigía un tributo.

Amerindia se convirtió en un imán para los españoles. Oían de las grandes riquezas que ésta guardaba en sus entrañas y querían ser partícipes del recién descubierto cuerno de la abundancia. Venían con planes de enriquecerse y regresar a Europa a disfrutar los frutos de su trabajo. No era su intención establecerse en el nuevo territorio, por lo que generalmente venían solos. A las tierras mexicas llegaron gente de todo estrato social. Aristócratas, que venían a gobernar; frailes, que venían a cristianizar; soldados, que venían a imponer orden y, sobre todo, oportunistas, que esperaban conseguir en estas tierras la fortuna que en su patria los había evadido, y que les permitiría, a ellos y a sus familias, acceder a las esferas aristocráticas de las cortes europeas.


Comentario a los colonizadores

Los colonizadores de ambas partes del continente, la zona atlántica de América del Norte y Mesoamérica, no pudieron ser más dispares. Los británicos que llegaron a poblar la región primeramente mencionada, no venían sólo buscando riqueza para regresar a su patria a gastar su fortuna en las altas esferas sociales; ellos venían a quedarse. Venían a fundar ciudades donde sus hijos crecieran sin la zozobra que causa la falta de alimento, la persecución y todas las demás penurias de las que venían huyendo. Cuando edificaron sus primeras viviendas, no sólo construían hogares, estaban formando una nación, que si bien sabían que no sería soberana, ya que aún dependían de la corona británica, al menos sería autónoma. Ellos eran libres de cosechar lo que ellos creyeran pertinente, comerciar de la manera más provechosa para ellos y profesar la religión que más les acomodase. Las generaciones que fueron surgiendo al paso del tiempo no añoraban regresar a Inglaterra. Por el contrario, iban desarrollando un orgullo muy especial de ser "americanos", como los llamaban los habitantes del Reino Unido para diferenciarlos de los ciudadanos británicos.

Hoy en día, cuando se le pregunta a algún ciudadano americano si es de alguna nación diferente a la de los Estados Unidos por tener algún rasgo característico en sus facciones, orgullosamente contesta "I’m full American." que quiere decir "Soy americano completo." es decir, no me importa de donde vengan mis ancestros, yo soy parte de este país y mi lealtad está con él.

Por otro lado, al estudiar las razones que los españoles tuvieron para colonizar Mesoamérica, nos damos cuenta que lo hicieron, no por persecución, ni por falta de un hogar, sino por codicia. Esa sed de riqueza que traían los aventureros no les permitía ver a esta tierra como un refugio; como una nación de la cual pudieran enorgullecerse. La veían como un simple medio para hacer fortuna. Ni siquiera pensaban en hacerse ricos y ayudar a que esta región creciera y se desarrollara. Sólo pensaban en lo bien que la iban a pasar en la grandes urbes europeas donde pensaban gastar su dinero. No desarrollaron una identidad mexicana, ya que no planeaban radicar permanentemente aquí. Y aquellos que se vieron obligados a quedarse, debido a que no encontraron la riqueza esperada, siguieron soñando con el día en que regresarían a su patria, triunfantes. Infundieron en sus hijos el mismo sentimiento, de tal suerte que las nuevas generaciones mantuvieron viva la añoranza.

Además, a los habitantes originarios de este territorio siempre nos vieron como seres inferiores, por lo que no podían considerarse parte de la tierra que explotaban. La nostalgia que ellos sentían la pasaron a la mayor parte de la población. Hoy en día, muchos mexicanos escudriñan su árbol genealógico en busca de un sólo familiar de descendencia extranjera que les permita añorar la tierra en ultramar, al igual que sus antepasados. Fue en ese lapso que los mestizos e indígenas mexicanos perdimos nuestra identidad, nuestra cultura y nuestra lengua. Nos forzaron, a latigazos y puntapiés, a aceptar que por ser los conquistados y por ser de tez morena, éramos seres de menor valor; que sólo servíamos para el trabajo corporal, que todo lo que fuera intelectual nos eludía. El hecho que por siglos nos hayan negado el derecho a la educación lo ratifica. Aún hoy en día, la mayor parte de la población indígena sigue siendo analfabeta.

Continuando con el ejemplo arriba citado. Si a un mexicano se le pregunta de dónde es, por presentar algún rasgo característico de otra nación, inmediatamente contesta, "Es que soy de descendencia española," o francesa o de cualquier otra nación europea. Te cuenta con mucho orgullo cómo sus antepasados llegaron a México y otros van aún más lejos, como lo hizo un sonorense que radicaba en Phoenix, Arizona, "Yo nací en México por accidente, yo no pedí nacer allí."

Esa falta de identidad se evidencia a cada momento en la vida cotidiana del mexicano. El fútbol nos da un ejemplo muy claro. Es muy común que los fanáticos le vayan a un equipo que no es el de su ciudad natal, les cuesta trabajo aceptar al grupo que los representa, sobre todo si no es el mejor de la liga. Prefieren vitorear al mejor, aunque no sea de su vecindad. El Club América y las Chivas, verbigracia, siempre tienen más seguidores en el estadio que la mayoría de los equipos locales. El colmo es cuando se juega el superclásico, ya sea que se juegue en Guadalajara o en la Ciudad de México, el estadio siempre está dividido en dos, una mitad vitorea a las Águilas y la otra a las Chivas. Para mí es inconcebible que una persona de Guadalajara le vaya al América y una de la capital le vaya a las Chivas. Eso no ocurre en ninguna ciudad de los Estados Unidos. Sin importar qué clásico se esté jugando, o en qué posición de la tabla se encuentre el equipo local, la inmensa mayoría de fanáticos presentes en el estadio apoya al equipo de su ciudad porque se sienten parte de él. Su identidad bien definida les indica a quién le deben lealtad.

Esa falta de identidad con nuestra nación mexicana y la sed de riqueza que traían los primeros colonizadores siguen vigente hoy en día. Los ciudadanos ven al gobierno como si fuera la mina de oro que buscaban los aventureros. Cuando acceden a cualquier puesto en la administración pública, tratan de hacerse ricos lo más pronto posible, explotando el filón de oro que tienen en sus manos, sólo que ya no usan pico y pala, ahora usan pluma y papel. Cometen toda clase de corruptelas, y esa falta de sentimiento de pertenencia a la nación les permite no sentir escrúpulos, ya que no están despojando a su patria, sino a un ente extraño al cual nada le deben.